Detrás de la flor nos contempla otra realidad, una que nosotros reinterpretamos reconstruyéndola a partir de sus distorsiones. Esas recomposiciones están envestidas de la realidad desde la que observamos la flor, donde todo parece tener sentido, aunque muchas veces lo dudemos.
Nos encanta ver cómo la flor apuñala la delgada interfaz entre las realidades. Es un proceso lento, donde la intensidad del mundo sobre nosotros puede recaer en la presión que hace un solo punto de su cádiz sobre la superficie donde se proyectan las distorciones. Todas las sensaciones de nuestro cuerpo avasalladas por la realidad aparente.
El cuerpo se difunde en la noción que nosotros tenemos de nosotros mismos; la diferencia tergiversada de lo que sentimos y de lo que nos pasa.
No hay forma de transmitir esa totalidad en la que nos convertimos al pensarnos. La solemnidad de la soledad y la irreproducción de lo que percibimos es el primer entusiasmo que tuvimos para cruzar la interfaz. La oscuridad que vivimos, día a dia, no nos cega sino es a través de la interfase, donde la reconstrucción de las distorciones nos figura en un mundo oscuro, donde la prevalencia de lo cognitivo avasalla nuestra instrospección.
La flor que cae en un estanque de agua, las repulsiones intermoleculares del aire, la cera que cubre los pétalos, las moléculas de agua junto con todos los solutos que son emanados de los microorganismos que la habitan, la condición de Gibbs-Duhem sobre el sistema en la interfaz, el aumento de presión periférica a los bordes deformados emanada de muchisimas moléculas golpéandose, esculpiendo la misma distorcion que resulta de la abstracción; el hombre representándose a si mismo como capaz de imaginar lo misterioso que es ese límite, utilizando toda su capacidad para terminar mirando la aterradora belleza de saber que conocemos lo que nos rodea a partir de entelequias, porque siempre miramos el lado irreal de la flor.
