También es algo de laberinto. Autos esporádicos que renuevan el sonido de la noche vacía de enero conurbado. Cada tanto caras desconfiadas, yendo por la sombra. En una de esas esquinas, los vi caminar a los dos. Te ví y no te reconocí. Una mirada desconcertada de mi parte me hizo perder esos valiosos segundos para gritarte e implicarte en una conversación. Un saludo a lo lejos de tu gran compa y un ademán casi de espaldas de tu parte.
-¡Eh loco! ¡¿Cómo andás?!- Grité. Me salió del alma, nunca pensé que nos cruzaríamos. Tampoco sabía que me iba a sentir así, la nostalgía superó todas las barreras que hábilmente supe dominar al patear esos pasajes.
Ustedes siguieron su rumbo.
-¡Un segundo! ¡Un segundo loco!- Insistí, patético.
Quizás debí haber dicho algo como "¡Dame un abrazo amigo!". Ambos sabíamos que la amistad ya había terminado, y solamente la tristeza y la descepción daba ese respeto tan lejano. Lo que alguna vez supimos compartir hoy es parte del laberinto que muchas veces recorro perdido, sin perdonarte.
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