Qué contemplable es ver cómo nos largan. Hora pico, estridencia del
dominio. Techos aplastan masas como tren a las vías, voluntades
indúctiles y acaparadas descansan en el algodón del arribo.
Y nos golpean, nos destruyen súbitamente hasta la falta de aliento, hasta ahogar el quebranto en manos volando y colores sospechosos.
Pero que poesía es fundirse en esta fragua, llama que se alimenta de sudor y desconfianza. Misterio que arropa la calle con fantasmas usando celulares.
Lentamente la tarde cae, en el vaciamiento de los bondis, en las puertas
cerrándose, en las televisiones prendiéndose. Los vasallos no hacen mas
que aullar en los bancos y convulsionar el silencio conurbano en
bocinas y ruidos de motos alejándose, atravesando la penumbra dejando
unos gritos consensuados plasmados en el vacío.
Nada cambia en la poesía del arrabal, sincera como la vagancia, que
fluye lenta y vertical hasta la cresta, consolidando su inundación en
los mismos diarios que pisamos en la vorágine de la hora pico del día
siguiente.

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